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| Familiares de Bojan Krkic |
'Què fa el Barça?’, preguntaba un niño pegado a un balón. Los clientes
del bar Gismat le respondían casi sin mirarle, mientras él, satisfecho
porque el resultado era positivo y secándose el sudor con la camiseta,
volvía a la plaza Planell. Allí le esperaban sus amigos para seguir con
lo verdaderamente importante, jugar a fútbol.
Nadie imaginaba entonces que, diez años después, aquel niño pegado a un
balón debutaría en El Cairo con el primer equipo blaugrana y, en sólo 25
minutos, pondría patas arriba a todo el barcelonismo dejando claro que
sí, que el 9 de la cantera, por fin, ha llegado. Seguramente, ni él
mismo lo imaginaba. Algo raro si tenemos en cuenta que no hay nadie en
todo Linyola, entendidos y neófitos en la materia, que no le viera ya
unas cualidades excepcionales para el fútbol.
Josep y Paquita siguen tras la barra del Planes, un bar con 57 años de historia al que Bojan acudía para comprar ‘chucherías’: “Mientras otros niños iban en bicicleta o patinete, él siempre iba con su pelota. No se separaba nunca de ella”, apunta Paquita. Pero tanto talento no podía desparramarse sólo entre farolas y cemento. Su padre, también Bojan Krkic, creó, junto a Salvador Bonjoch y Rafel Cos, la escuela de fútbol Bellpuig, en la que, con 4 años, Bojan empezó a perforar porterías.
Bonjoch, ahora presidente, tiene el honor de ser la primera persona que
alineó a Bojan: “No sé si aprendió antes a andar o a darle al balón,
pero en dos años no perdimos ni un sólo partido. Hacíamos rotaciones
para que jugase todo el mundo y si se complicaba, salía Bojan y
resolvía”. El secretario técnico, Rafel Cos, lo define así: “Era
insaciable. Lo he visto incluso llorando si las cosas no habían ido como
él esperaba o había marcado pocos goles”.
UN ALUMNO QUE DEJÓ HUELLA
El niño a un balón pegado no tardó en vestir de blaugrana. Con 8 años
llegó al fútbol base del Barça, donde sus números siguieron creciendo.
Ya entonces estudiaba en El Carme, colegio de Mollerussa en el que
empezó con 3 años y al que, pese a la insistencia de los responsables
del club para que estudiara en La Masia, siguió acudiendo hasta los 12,
cuando ya se le hizo imposible compaginarlo todo. Durante nueve años
dejó allí maravillados a sus profesores. Antònia, la directora del
centro, recuerda que “era muy aplicado, tanto que, aunque tuviera que
marcharse antes para entrenar, hacía los deberes de camino a Barcelona y
siempre los entregaba a tiempo”. Anna Maria destaca otro tipo de
habilidades: “Como era tan pequeño y tan guapo todas las niñas grandes
le iban detrás, pero a él sólo le interesaba su balón”. Daniel Garnica
incluso lo tiene “como un ejemplo para mis alumnos, a los que les
explico que todo es compatible con los estudios”. Lo que tienen muy
claro es que “por su carácter, seguirá siempre igual”, algo que confirma
Anna, una de sus mejores amigas, a la que conoció en el Cau, una
agrupación excursionista de Mollerussa: “El le quita importancia a todo
lo que pasa. Es muy humilde”.
El martes por la noche nadie en Linyola preguntaba por el resultado del
club blaugrana. Todo el pueblo estaba pendiente, ahora sí, de aquel niño
pegado a un balón que entraba sudado al Gismat con la misma canción:
“Què fa el Barça?”.
Artículo publicado por: Diario SPORT





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